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GÉNERO Y POLÍTICA

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GÉNERO Y POLÍTICA

 

Ligia Inés Alzate Arias.

Directora Departamento Mujer CUT nacional.

 INTRODUCCIÓN

 En esta intervención quiero desarrollar el análisis de las relaciones de género desde una perspectiva política. En la primera parte, abordaré los procesos de construcción del género y cuál es su significado, no solo para las mujeres y los hombres, sino también el impacto que estas relaciones tienen en el cuerpo y la sexualidad de las mujeres, e indudablemente de los hombres, así como su impacto en las relaciones de exclusión y subordinación de la sociedad. En un segundo momento, abordaré el impacto del género en la política para pasar luego a dos diferentes enfoques de género, técnico y de justicia. Terminaré  con el análisis de la relación entre género, ciudadanía y democracia, ubicando la lucha por las transformaciones de género como una dimensión fundamental de la lucha por la cualificación de la democracia.

                      I.                    LA CONSTRUCCIÓN DEL GÉNERO

 

Una primera aproximación al género es ubicarlo como expresión de una relación social entre mujeres y hombres. Eso es lo que todas y todos ya sabemos y conocemos. No es una relación cualquiera. Es una relación de poder entre los sexos, con primacía, hegemonía, predominio, masculino, por más que los hombres sean amigos nuestros, camaradas, solidarios, también tienen privilegios en relación a nosotras a lo largo de la vida pública y privada. Es también una relación histórica y por lo tanto cambiante, es decir, esto es importante porque si no nacemos con un género, si no es algo natural sino que es histórico y construido por la sociedad y sus poderos, entonces podemos cambiarlo. En este intento de transformar las relaciones de género tiene un peso fundamental en la lucha de las mujeres.

Una de las cosas que mas me inspiró cuando comencé a reflexionar sobre el género fue la frase de Simone de Beauvoir, feminista francesa pionera de hace cerca de 65 años, en su famoso libro “El segundo sexo”. Ella dijo una cosa muy simple pero contundente: “no se nace mujer, se llega a ser mujer”. Es decir no nacemos mujeres tal cual nos conocemos en el transcurso de nuestras vidas, sino que nos hacen mujeres tal cual como la sociedad quiere que sean nuestras vidas. Entonces, frente a esta realidad, a este descubrimiento de que éramos mujeres de determinada forma que no necesariamente correspondían a lo que podría ser definido como ser mujer, es que las primeras feministas comenzaron a estar muy interesadas a rechazar lo que era el determinismo biológico. Es decir, no somos como somos por la biología, somos como somos por la cultura, somos como somos porque la sociedad nos otorga determinado tipo de características a mujeres y hombres. Esto evidentemente lo que hizo fue evidenciar que la diferencia de los cuerpos femeninos y masculinos había dado origen a la existencia de papeles y roles sociales diferenciados y presuntamente a diferentes capacidades intelectuales o capacidades valoradas en forma diferente.

El género entonces es un proceso por el cual se comienza a atribuir a mujeres y hombres determinado tipo de características; que comienza con la experiencia inicial y fundante desde el momento que los niños y las niñas llegamos al mundo, antes siquiera que nos demos cuenta de que tenemos diferencias sexuales entre mujeres y hombres. Nacemos mujeres y hombres e inmediatamente nos ponen vestidos celestes, o vestidos rosados, nos dan muñecas o nos dan aviones, comienzan a nombrar un sexo, el sexo del hombre tiene nombre; “qué bonito tu pipilín” al niño desde que nace, sin embargo el sexo de las niñas es invisible, no
existe, no tiene nombre. Se puede hablar de pene, nunca se habla de clítoris por ejemplo. Se habla entonces, y se comienza a generar la idea de que hay sexo que tiene derecho al placer, y el otro tiene un placer inexistente, o enorme dificultades para reconocerlo como tal.

¿Como es que se logra esto? Se logra a partir de un tremendo y laborioso proceso en su mayor parte encubierto, no es evidente, no es visible para nuestras madres y padres, no ha sido visible para nosotras las que somos madres en el momento en que estábamos criando nuestros hijos y nuestras hijas. Creo que la noción y el reconocimiento de esto ha sido un proceso que ha tenido que vencer muchísimos obstáculos, principalmente el obstáculo de la naturalidad con que se viven. Entonces ha sido un proyecto muy laborioso, muy persistente a lo largo de la historia, y que ha dado lugar a una realidad no solamente de diferencias entre mujeres y hombres, sino ha dado lugar a una realidad llena de sanciones, llena de tabúes, de prohibiciones, de prescripciones sobre lo que se tiene y lo que no se tiene que hacer, de lo que le corresponde a la mujer y de lo que le corresponde al hombre.  Foucault, intelectual francés homosexual, ha sido una de las personas que ha hecho mas interesantes teorías sobre las diferencias y las prohibiciones. El habló sobre la lógica de la prohibición, y dijo que el mundo y la forma en que los procesos y las relaciones humanas se dan, están sustentadas en una lógica de prohibición que tiene varios momentos. Primero, el negar que eso exista, por ejemplo como les decía, la sexualidad de las mujeres no existe, no existe desde niña, existe desde el momento en que se va descubriendo y existe llena de tabúes y de prohibiciones. Lo mismo pasa, decía él, con los homosexuales, la homosexualidad esta presente y es vivida por muchas mujeres y por muchos hombres, pero “no existe” a los ojos de la sociedad; y cuando existe, cuando comienza a hacerse visible, cuando comenzamos a darnos cuenta que el vecino o la vecina son homosexuales o lesbianas, el otro mecanismo de la prohibición es impedir que sea nombrado, es decir, no se habla del tema, no se logra poner el tema en discusión, ni en los medios de comunicación y mucho menos en los coloquios. Cuando ya no se puede, cuando ya es más o menos evidente, se dice que eso no debe hacerse, eso que están haciendo no está bien, esta malo. Entonces se sanciona y se deslegitima.

¿Y esto cómo se da? No se da como les decía a partir de mujeres individuales u hombres individuales, que podemos ser extraordinarios, inteligentes, maravillosos, solidarios, querer a nuestros hijos y querer lo mejor para ellos y etc. etc. Se da básicamente a través de símbolos. Cargados de valoración diferenciada en relación a los sexos, de normas que interpretan los símbolos, normas sobre el comportamiento de lo que se espera de las mujeres y de los hombres, de lo que se espera de lo masculino o lo femenino, sin nombrar o sancionando aquello que creemos que no se debe hacer. Y se da a través de instituciones y organizaciones sociales que justamente contienen y asumen como válidas estas normas. La familia es una institución por excelencia que transmite estas normas diferenciadas y autoritarias de genero, que como les digo va mas allá de la bondad de los padres o de las madres y de las familias en sí misma. De allí la importancia de democratizar las familias.  Pero también la educación por supuesto, la educación es un poderosísimo vehículo, como hemos escuchado en la inauguración, de transformación y de cambio, pero también es un poderoso vehículo para aceptar verdades rígidas y visiones tradicionales que no ayudan a la transformación. El estado es también una institución por excelencia para perpetuar o modificar las relaciones de género, como vamos a ver mas adelante. Y la jerarquía eclesiástica, que tiene una especial importancia en lo que es la conservación de las relaciones de género no democráticas entre mujeres y hombres.

 

  1. El cuerpo como lugar político

Entonces, el género por un lado, es un elemento que constituye las relaciones –ahora desiguales- entre mujeres y hombres. Pero va más allá de la construcción de las relaciones entre mujeres y hombres, porque es también un elemento constitutivo de las relaciones sociales basadas en las diferencias percibidas entre las personas, desde la exclusión del otro o la otra. Por ello, el género es una forma básica y primordial de referirse a las relaciones de poder, que aparecen mezcladas de afecto, que aparecen mezcladas de normalidad, que aparecen ajenas a la lógica de la prohibición y que sin embargo están permanentemente sujetas y cargadas de la lógica de la prohibición y la exclusión, o de la no existencia.

Pero frente a esta lógica de la prohibición, de la no existencia,  una de las contribuciones por excelencia de las mujeres organizadas, de los movimientos de mujeres y feministas, ha sido justamente el nombrar lo que no tenía nombre. Fue mi generación, hace ya casi 30 años, la que comenzó a nombrar lo que no existía a los ojos de la sociedad. No tenía nombre la violencia contra la mujer, no tenía nombre la violación en el matrimonio, no tenía nombre la sexualidad femenina, no lo tenía ninguna de estas dimensiones de la vida de las mujeres que ya son derechos conquistados por las mujeres. Comenzamos a ponerle nombre a aquello que era inexistente. Y cuando le pusimos nombre comenzó todo el proceso de crítica y de estigma a estas mujeres locas que se atrevían a nombrar aquello que no existía, que inventaban aquellas cosas que no tenían nombre.


Sin embargo este nombrar tuvo un elemento fundamental para mí, que fue el colocar el cuerpo en el centro de la mirada y por lo tanto colocarlo en la agenda política.  Porque creo que el cuerpo es el espacio fundamental para transformar las relaciones de género. Porque la relaciones entre los géneros, que son relaciones en este momento de subordinación, de dominio de un sexo sobre otro, se construye, como dice Marta Lamas,  básicamente a partir de un poder particular que tiene el cuerpo de las mujeres, que es la procreación, y fue  necesario reglamentar de alguna forma ese poder y controlar la capacidad reproductiva de las mujeres. P
ero ¿cómo controlarla sin destruirla? Básicamente controlando la sexualidad de las mujeres en todas sus dimensiones; y eso deviene como el elemento clave en todo este proceso.


Por supuesto que el controlar la sexualidad de las mujeres se dio a partir de una tremenda articulación de miles de estrategias y complicidades de estas instituciones y sistemas de control, de educación, de considerar un determinado tipo de familia y no otro tipo de familia. Todas estas instituciones moldean lo que son las relaciones de género. Pero por supuesto son instituciones que cambian a lo largo de la vida, yo les estoy dando un panorama histórico de cómo se fue generando este proceso a lo largo de los diferentes momento y ciclos históricos; sin embargo, no son procesos estáticos, sino que van cambiando a lo largo de la historia, como analizaré más adelante. En diferentes momentos históricos han existido un conjunto de creencias y de mitos que se expresan, de diferentes formas y con diferentes contenidos, primordialmente en la sexualidad, que es lo reprimido por excelencia, pero también es lo transgresor por excelencia. Basta acordarnos de las brujas quemadas, de cómo cualquier mujer que se escape del molde es considerada prostituta, sea o no sea, o de cómo son catalogadas las feministas cuando luchamos para ser personas autónomas  y no complemento de otra persona. Estas resistencias por recuperar un cuerpo que no es reconocido, una sexualidad que no tiene posibilidades de expresarse ni reconocerse autónomamente y en sí misma, sino como complemento de lo masculino ha llevado a desarrollar una lógica perversa y excluyente no solo para las mujeres sino también para mirar la sociedad y para construir una doble moral, para reprimir, para no ser democrático y democrática en la forma de visualizar, ya no solo las relaciones entre mujeres y hombres, sino las relaciones con el otro o la otra persona o la otra idea.


Es decir esta lógica de exclusión va más allá de las mujeres y de los hombres para darse en todo aquello que sea diferente a lo que uno siente que es lo válido y lo correcto. Por ejemplo todo lo que es   la resistencia a la homosexualidad, todo lo que significa la lucha por los derechos de las diversidades sexuales por el reconocimiento de su derecho a una sexualidad decidida por ellos, es parte de esta mirada antidemocrática, y de los intentos de confrontarla. Sin embargo también tiene que ver con otras dimensiones del cuerpo, por ejemplo, el color de la piel, que da origen a una forma de ver al otro llena de prejuicios y llena de  exclusiones, que es lo que conocemos como racismo.

Pero también el hambre es un problema del cuerpo, porque afecta dramáticamente el desarrollo de los cuerpos de las nuevas generaciones. En estos momentos mucho de los estudios de economistas  y sociólogos están apuntando a cómo, dada la tremenda crisis económica que ha traído el modelo neoliberal en el que estamos sumergidos en América Latina y en el mundo, las nuevas generaciones están viendo atrofiadas sus capacidades físicas para ser ciudadanos y personas plenas en su adultez.

 Así, la lucha por poner al cuerpo en el centro de una mirada política incluye la sexualidad, pero va más allá de ella, para incluir todas aquellas manifestaciones que tiene al cuerpo como el centro de su impacto y su limitación.

Y esto es político. Lo es tanto como el uso del cuerpo y la sexualidad de las mujeres  para negociar otros recursos y distribuciones de poder. Lo primero que se asalta, por ejemplo en las guerras internas, es el cuerpo de las mujeres, es decir, basta ver lo que ha sido el análisis de la Comisión de la Verdad en este país, Colombia, y el caso de las mujeres violadas durante los años de conflicto que vive el país. La violación de esas mujeres hasta el momento se reconocen como todas las demás violaciones de los derechos humanos ha sido de mucha dificultad, pero ya se conocen procesos por este hecho-. Sin embargo la violación de las mujeres tardó mucho más.  Y eso no ha pasado solo en Colombia,  pasó en Yugoslavia, pasó en Guatemala, pasó en todos los países donde hay guerras internas o guerras externas. Es decir, el cuerpo de las mujeres en las zonas en conflicto es visto como botín de guerra por todos los bandos, y las violaciones contra las mujeres en guerra o no guerra es vista como expresión de hombría y como conquista de otro territorio.

 

  1. El género en la política

El género y el cuerpo de las mujeres tiene otros significados en la política. Por ejemplo, hace unos años, en Ecuador, ustedes se deben acordar, hubo un presidente bastante loco y corrupto, que fue Bucaram, que finalmente fue destituido. Bucaram, llevó como vicepresidenta a una mujer muy interesante, Rosalía Arteaga. Él se presentaba en los mítines con ella y le levantaba la falda y decía: “mire que lindas piernas tiene mi vicepresidenta”. En esta misma línea se inscriben las burlas y los chistes sexuales. Si una mujer es fuerte en política dicen que le falta un macho. Fue también nuestra experiencia, en los inicios del feminismo de la segunda oleada en Colombia. Nuestras primeras movilizaciones como feministas, a fines del gobierno de Turbay, fue señaladas como unas mujeres neuróticas que necesitábamos un hombre, para que  nos aplacaran estábamos en todas las luchas sociales de ese momento, y éramos consideradas feministas conscientes y solidarias. En el año 2009 en la movilización por los derechos sexuales de las mujeres y el derecho al aborto, el procurador Ordoñez, hizo valer hasta los sometimientos religiosos de la Iglesia sobre nuestros ovarios y derechos sexuales y reproductivos, cuando el concordato separa la vida laica de la religiosa.  .

Y además
, las mujeres en la políticas tenemos techo de cristal, podemos tener cuotas, podemos ser parlamentarias, regidoras, podemos tener algunas alcaldesas pero no se cambia la composición masculina de la política. No porque no tengamos capacidad, no porque no tengamos cuotas, no porque no tengamos ganas, simplemente porque tenemos el límite del monopolio político masculino.

Ese monopolio masculino exige además a las mujeres como dice Amelia Valcárcel tres votos clásicos: pobreza, castidad y obediencia; y además somos prescindibles, nos pueden cambiar en cualquier momento, o generalmente no se pueden desarrollar nuestras apuestas políticas por carecer de recursos para  su implementación.

El mercado de trabajo y el ámbito doméstico es otro espacio de desequilibrio de género. Una de las cosas que compartimos las mujeres de todas las diferentes sociedades y de las diferentes culturas es la invisibilidad de nuestro trabajo doméstico, que las feministas llamamos economía del cuidado o reproductiva, sin la cual la economía productiva, esa que se hace en lo público, en las fábricas, que se hace en las oficinas, no funcionaría, no se podría dar, porque no hubiera quien hiciera la reproducción cotidiana de esa fuerza de trabajo. Incluso aunque sea la mujer la responsable de la familia. Por ejemplo, a las mujeres jefas de familia que cada vez son más en este país, se les llama amas de casa o mujeres solas, o jefas de familia, la jefatura está generalmente para los hombres. Y por supuesto, cuando le preguntan a los hombres si su mujer trabajan, responden mi mujer no trabaja, mi mujer está en la casa como si la casa no fuera trabajo. Lo importante no es tanto reconocer que las mujeres trabajan en la casa, sino que ese trabajo es parte fundamental de la economía, de la sociedad, y por eso es que se llama economía reproductiva.

 

3.      Los cambios en el paradigma de género.  

Ahora bien, por suerte la vida no es estática, la vida se mueve, y el mundo se mueve, y nuevamente recurro a Simone de Beauvoir. Cuando  hace ya 60 años descubrieron los métodos anticonceptivos, su mero descubrimiento, dice Beauviour, fue una revolución en la vida de las mujeres y eso era. Incluso, si algunas mujeres no tienen interés en usarlo, o no tienen acceso a ello, o no tienen fuerza para asumirlo como propio, solo el hecho de reconocer su posibilidad termina con el fatalismo fisiológico de la maternidad, es decir, si el destino de las mujeres ya no era entonces ser madre en exclusividad, teníamos que comenzar a buscar un destino adicional. Ese destino adicional ha sido el que ha marcado la lucha de las mujeres a lo largo de estos sesenta años para adelante. No porque antes no haya habido, pues en este país, en nuestra historia, tenemos muchas mujeres feministas que lucharon antes por la educación, por el voto, que terminaron señaladas, aisladas y excluidas. Sin embargo creo que el gran auge de esta mirada de transformación de las mujeres viene básicamente a partir de los últimos 40 o 50 años, donde los primeros anticonceptivos, los cambios en la educación, el acceso masivo de las mujeres a la educación, el acceso de las mujeres al trabajo, el derecho al voto,  comienzan a marcar la diferencia.

Sin embargo ha habido cambios mucho más profundos en este último período, con los cambios traídos por el proceso de globalización muchos de ellos tremendamente negativos, por coincidir en el tiempo con el enfoque neoliberal. Pero ha producido otros cambios. No solo la posibilidad de cada vez más movimientos globales, por una globalización alternativa. También ha producido cambios en el paradigma específico de la producción y de las relaciones laborales, basado antes en ocupación a tiempo completo, básicamente masculina y en el salario familiar. Ese paradigma que dio origen a todo el desarrollo industrial que conocimos hasta hace unos años, quedó absolutamente destruido por la falta de estabilidad laboral, por la falta  de ocupación a tiempo completo, por la incorporación creciente al mercado laboral de las mujeres. También ha habido cambios en la forma de relación entre los sexos, el piso se ha modificado porque la relación entre los sexos y los valores familiares por ejemplo, también comienzan a ser diferentes, hay mayor autonomía de las mujeres de muchas formas, hay un reconocimiento de diferentes tipos de familia, que existen, que están ahí, ya no solamente papá, mamá e hijito; son muchas familias mujeres solas con hijos solos, hombres solos con hijos solos, hombres viviendo con hombres, mujeres viviendo con mujeres, familias extendidas, homosexuales, lesbianas exigiendo su derecho al matrimonio, a formar una familia, y mucha variedad de formas de familia que antes no había.

 

Creo que todos estos cambios a pesar de que han traído tremenda exclusión y mayor pobreza por otro lado también han traído la posibilidad de comenzar a visualizar la posibilidad de relaciones de género más democráticas, más igualitarias, donde las mujeres estamos peleando por cambiarlas y los hombres por primera vez empiezan también a tratar de ver cómo cambian su forma de ser masculina. Los estudios y los grupos de masculinidad están creciendo en muchos partes del mundo  y también en nuestro país. Todo esto también ha comenzado a ampliar los marcos de elección de muchas mujeres.

 

II.                 LOS ABORDAJES DE GÉNERO

 ¿Cómo analizar el género? Se puede analizar de muchas formas, yo quiero rescatar dos, una que me incomoda y otra que me sirve para transformarlo. La que me incomoda es analizar el género desde una mirada técnica, desde una mirada de expertos, desde una mirada de generólogas o generólogas, una mirada que trata de adecuar planes y programas, incorporando la palabra género sin variar dogmas ni leyes que alimentan relaciones de poder.

La perspectiva que nos interesa desde el mundo sindical para acercarnos al género es la de la justicia, entendida en su doble función, como dice Nancy Fraser: la justicia como redistribución frente a las injusticias socioeconómicas que existen y que marginan a mujeres y hombres en razón del género, y más aún cuando está cruzando con la raza, etnia, ciclo vital, zona geográfica, etc. Pero también la justicia al reconocimiento. Si la injusticia socioeconómica está arraigada en la estructura política y económica en la sociedad, la injusticia del no reconocimiento está arraigada en lo  simbólico, en lo cultural, y por lo tanto para confrontarla tenemos que confrontar ideas y lograr revoluciones simbólicas culturales y no solamente un cambio de leyes.

 

Estas dos formas de justicia están profundamente relacionadas pero se han entendido separadas. La justicia como respuesta a necesidades extremas ha sido generalmente una justicia que ha reforzado la idea de ciudadanías subordinadas, de segunda categoría, de dependencia, unas ciudadanías que se alimentan de caridades y no de derechos. En cambio si logramos articular la redistribución con el reconocimiento nos encontramos con la posibilidad de modificar mucho más radicalmente esta situación. Indudablemente que hay luchas con más énfasis en el reconocimiento. Por ejemplo, las luchas de los homosexuales se enfrentan a una sexualidad primero no nombrada, desconocida, despreciada, víctimas de un modelo hegemónico que privilegia un modelo heterosexual y que persigue y culpabiliza a los otros diferente. Los homosexuales y las lesbianas son echados del trabajo, son echados de las discotecas, sometidos a las cárceles, son tratados en forma tremendamente violenta cuando están presos. Los homosexuales de todas las clases tienen el mismo desprecio de la sociedad. En cambio en el caso del género, o de la raza, estas son colectividades que combinan tanto la estructura de redistribución económica inequitativa como la estructura cultural valorativa despreciadora de la sociedad. Por tanto, las soluciones no son ni redistributivas ni solamente de reconocimiento, sino que son ambas al mismo tiempo.

Así, el género tiene que combinar una mirada de justicia mucho más compleja que solamente dar un poco más de redistribución o reconocer algunos derechos. Es decir, la única forma por ejemplo en que las mujeres que ya han logrado autonomía política entre comillas, o ciudadanía política la pueden ejercer si es que logran al mismo tiempo una ciudadanía económica, es decir derecho al trabajo. O una ciudadanía que reconozca su derecho a la integridad física y a la decisión sobre su cuerpo, es decir al control de su sexualidad o una ciudadanía que sea capaz de desarrollarse en forma plena a nivel civil también para las mujeres. Porque en un país como el nuestro no tiene sentido tener derecho a voto si no tenemos al mismo tiempo acceso a la representatividad y a la participación en cargos de decisión. Entonces hay luchas que tenemos que dar desde el género, pero que van mucho más allá del género, a nivel de estas articulaciones entre lo redistributivo y el reconocimiento.

 

Resumiendo esta parte, el género puede ser una categoría profundamente radical y transformadora o puede ser una categoría regresiva y tecnificada. No es suficiente el conocimiento sobre el género. El conocimiento sobre el género no transforma la vida de las mujeres, sino lo que la transforma es la apropiación de ese conocimiento para transformarse en sujeto social capaz de decidir sobre su propia vida. El género puede ser un elemento congelado en el tiempo y neutralizado políticamente o puede ser un elemento renovador de la historia, de los símbolos, de las actitudes, de las cotidianeidades de las gentes. Solo recuperando el género como un terreno de disputa contra estas miradas apolíticas, asumiendo las diferencias que trae el género como un derecho a la igualdad y a la diferencia, y no como una razón de deslegitimación y de subordinación es que podemos comenzar a cambiar la sociedad.

 

III.               GÉNERO, CIUDADANÍA Y DEMOCRACIA

Quiero terminar dando una mirada al género en relación a las ciudadanías, especialmente en su relación con la democracia. La primera idea es considerar la ciudadanía como un proceso histórico y dinámico, como un proceso flexible que se va ampliando a lo largo de la vida de las personas a medida que las personas vamos descubriendo o redescubriendo nuestros derechos. A las clásicas dimensiones de la ciudadanía moderna: civil, política y social, conquistadas lentamente a lo largo de los últimos dos siglos, y conquistadas mas tardíamente, en todas sus dimensiones, por los analfabetos, los negros-as , los indígenas y las mujeres, en las últimas décadas se han ido añadiendo, desde las practicas ciudadanas, nuevas dimensiones que no estaban en el horizonte político de la sociedad. La dimensión ecológica es un derecho, reclamado más y más por la ciudadanía, exigiendo vivir en un planeta sano para mujeres y hombres. Pero también la dimensión sexual de la ciudadanía es un hecho y una lucha,  que estamos teniendo las mujeres y los hombres democráticos,
  por ampliar la visión sobre la sexualidad, por romper las rigideces conservadoras y autoritarias sobre las sexualidades, y esto comienza a ser parte fundamental y fundante de una nueva forma de pensar las ciudadanías y la sociedad. Y esto está también modificando la dimensión subjetiva de la ciudadanía, es decir, aquella que hace que las personas nos sintamos mayores o menores merecedoras de derecho. Hay personas que se sienten mucho más merecedoras de derechos de lo que tiene que ser, y hay personas, generalmente mujeres, generalmente indígenas que se sienten con mucho menos merecimientos de derechos del que deberían tener.

Así, el desarrollo de la ciudadanía subjetiva es absolutamente fundamental para la transformación de la visión de la persona y éste ha comenzado a cambiar y se expresa en la extraordinaria frase de Hanna Arent: “el derecho a tener derechos”. No es que yo quiera tener solo un derecho más en contra de la violencia, un derecho que me permita un trabajo más digno, un derecho que me reconozca a mi como madre soltera, no, es eso y mucho más. Yo quiero desarrollar la conciencia del “derecho a tener derechos”, porque eso transforma la subjetividad. Eso transforma la forma en que yo me ubico frente a los derechos ciudadanos y transforma la forma en que yo me ubico frente al estado exigiendo al estado la complicidad con el desarrollo de la ciudadanía y la transformación que mi ciudadanía subjetiva está exigiendo cambiar: la desigualdad de género en la vida cotidiana y en la vida política.

Uno de los aspectos fundamentales en la relación del género con la ciudadanía es esta modificación de la conciencia del derecho a tener derechos, y sobre todo su relación con la democracia. Este énfasis en la relación genero, ciudadanía y democracia no es una cosa que aprendí en la universidad, eso lo aprendí acá en este país,  en ocho años de gobierno de Uribe que lo hizo con el crimen organizado y el país entero padeció a los actores armados del conflicto los últimos gobiernos han dejado escritos  derechos políticos a la mujer:  cuotas para las mujeres,  mujeres en cargos públicos; y sin embargo mientras se dan en el papel derechos políticos a las mujeres, asfixiaba la ciudadanía económica de las mujeres. Quiere decir que algunos  derechos ciudadanos no necesariamente van con la democracia.

 

Ahora bien, para la construcción de relaciones de género democráticas, que se sustenten en  el proceso de reconocimiento del derecho a tener derechos, es fundamental otra concepción de hacer y pensar la política. Es decir, es considerar que la exclusión y subordinación de las mujeres es un problema de poder político, no es un problema de las mujeres. Es un problema de poder político que atañe a mujeres y hombres, que atañe a la sociedad y atañe al estado. Es también considerar que solo una perspectiva de derechos democráticos permite modificar las relaciones de género actuales y no simplemente una mirada legalista y predeterminadamente neutra de ciudadanía o de derechos. Es ampliar los márgenes de elección de las mujeres.

Y para ello, el recuperar a las mujeres como sujetos sociales y políticos significa el recuperar la posibilidad de una conciencia de ser para sí mismas y no para los demás. Y  eso significa hacerme cargo de mis desigualdades, de las desigualdades y discriminaciones de las mujeres, luchando, buscando posicionarnos como sujetos sociales y políticos cuyo valor ético y fundamental es luchar contra aquello que impide que yo sea un sujeto para mi misma y que viva para los demás. Es decir no dejar a las mujeres al servicio de la familia y de los hijos en exclusividad sino asumir que eso es también responsabilidad y derecho de los hombres. No tratar a las mujeres como menores de edad que tienen que pedir permiso para salir, que tienen que pedir permiso para entrar, que tienen que pedir permiso para fantasear sexualmente, que tienen que pedir permiso real e imaginario a ellas mismas para hacer las cosas que quieren hacer. No ubicarlas como dependientes del marido ni del estado ni de la iglesia. Reconocer su aporte económico y social a partir de reconocer su trabajo reproductivo, reconocer que tiene derechos reproductivos y derechos sexuales, y reconocer que tiene capacidad autónoma sobre su vida y su cuerpo.

Este acercamiento trae otra mirada a la política, incorporando una dimensión subjetiva que ha estado generalmente ausente, y  extendiéndose también hacia otros cambios democráticos. Porque  este proceso de ser para si misma y no para los demás es una lucha por cambiar las dinámicas de exclusión y subordinación que trae el género tal cual esta construido hoy, subvirtiendo el sentido tradicional con el que se pensaba el mundo, la sociedad y los cambios transformadores. Este ser para si misma y no para los demás requiere un desarrollo equilibrado de las diferentes dimensiones ciudadanas, no solo derechos civiles y políticos, que para las mujeres, hemos visto, requieren mucho mas reconocimiento y expansión. También la dimensión socioeconómica de la ciudadanía. Sin recursos económicos, sin acceso al empleo, sin reconocimiento de su trabajo reproductivo, las mujeres no son reconocidas como sujetos ciudadanos. Pero también el cambio de las instituciones. Por ejemplo, Ministerios de la Mujer que se orienten  a ampliar los márgenes de maniobra de las mujeres y su autonomía y no se orienten a políticas de alivio de la pobreza, o a discursos políticos que no recuperen su derecho a decidir sobre su propio cuerpo. No solo leyes, importantes sin duda, pero que no se cumplen por falta de garantías, o por falta de reconocimiento por parte de las mujeres.

 

Un cambio fundamental, para lograr que las mujeres seamos sujetos y actoras en la transformación de nuestras vidas y circunstancias es indudablemente la existencia de un estado laico y una cultura secular, pues no solo amplia los márgenes de maniobra, real y simbólicos, de las mujeres y la sociedad, sino que favorece la consolidación de una cultura democrática. Y ello es mas urgente que nunca en este país, ante la campaña abierta, desde diferentes espacios, co
ntra los derechos de las mujeres, contra las recomendaciones de la Comisión de la Verdad, contra todo aquello que civilice y enriquece democráticamente la sociedad.

IV NUESTROS RETROCESOS

A las crisis estructurales que en los últimos años ha afrontado Colombia y sobre todo  en los últimos meses, debemos empezar a sumar una no menos grave: los retrocesos de la mujer en la estructura económica, política y social del país. Dos recientes síntomas deben prender las alertas de toda la comunidad académica y de las organizaciones sociales. Primero, los lamentables resultados de la encuesta nacional de mujeres en Colombia realizada por la Corporación Humanas, y segundo, las vergonzosas escenas de desorden y violencia protagonizadas en gran parte por mujeres en Cali, ante la fallida repartición de las tarjetas para reclamar el subsidio de Familias en Acción.

Frente a la encuesta, que tuvo como principal eje medir el interés de la mujer en la política y la intención de voto para las próximas elecciones, resultan bastante inquietantes las aparentes contradicciones en las que incurren las mujeres participantes en el  sondeo. Por ejemplo, a pesar de ser evidente el talante conservador en la posición política que asumen –el 45% se declara totalmente de derecha–, también sobresale su conciencia social, entre el 98 y 96% considera que debería legislarse sobre atención a mujeres desplazadas, reparación de víctimas del conflicto armado y prevención del embarazo adolescente. Asuntos no precisamente relevantes en el discurso de la derecha colombiana.

Aterra comprobar cómo el enamoramiento expresado hacia el presidente Uribe, reaviva y reafirma los tan confrontados valores patriarcales que históricamente han invisibilidad a la mujer. Es decir, mientras los atributos que más valoran las mujeres de Álvaro Uribe son su seguridad, autoridad y liderazgo, los atributos que menos reconocen en el mandatario son la honestidad, el cumplir con lo que dice y la preocupación por los problemas de las mujeres. ¿Qué perspectiva de género en la política puede construirse si nosotras mismas no le damos un puesto honorífico a la probidad, a la palabra y al compromiso con los derechos de las mujeres?

Y para completar el colmo de la decepción, la encuesta deja ver el marcado caudillismo que prevalece en la percepción política de la mujer al momento de la elección del nuevo presidente: un 60% de la intención de voto se dirige claramente a apoyar la reelección de Álvaro Uribe Vélez, situación que se vuelve más preocupante cuando se contrasta con la disminución sustancial del entusiasmo por participar en las elecciones en caso de que este no figure como candidato. Sin Uribe como aspirante, las mujeres que no votarían por ningún candidato pasan de 10% a 22%. Esta tendencia abstencionista nos cuestiona: ¿hemos logrado tan poco en conciencia frente al ejercicio del derecho al voto, que ante la ausencia del caudillo desistimos de la participación democrática?

  

No menos grave para el estado de la salud social de la mujer, resulta la noticia que registró los hechos de perturbación y caos ocurridos en Cali y protagonizados por el grupo de personas que esperaban la puntual entrega de los famosos subsidios de Familias en Acción: la plática en efectivo para los pobres. De las impactantes imágenes de orden público resalta el gran número de mujeres jóvenes y enérgicas que encabezaban la protesta. Los cuestionamientos son muchos: ¿qué dignificante puede ser para una mujer una mesada que la perpetua en la pobreza y acaba con sus oportunidades de crecimiento personal?, ¿por qué estas mujeres con plena capacidad de producir y de aportar a la sociedad se ven relegadas al espectáculo humillante de violentarse por mínimas ayudas económicas?, ¿por qué están fuera del mercado laboral y peor aún, por qué están dispuestas a hacer lo que sea por permanecer fuera de él y no perder su subsidio en efectivo?, ¿qué dignidad.

Lo cierto es que los partidos políticos usan a las mujeres y la mayoría de ellas se dejan usar con la esperanza de que mostrando virtudes llegarán a la cúpula. Mentiras, no más engaños. La política en Colombia es más machista que la sociedad en su conjunto, y la razón es que los hombres no quieren ceder un milímetro del poder político que han ostentado por siglos. Por eso, ahora que el desprestigio de los políticos ha llegado a extremos, no es posible que las mujeres en vez de tomarse el poder dentro de estas agrupaciones, se presten para hacer política en cuerpo ajeno. Las figuras que van a reemplazar a los paras, narcos y otras especies, son su esposas, amigas, hijas y parientas. Inadmisible. Y para completar, los partidos están llevando actrices para que con su belleza y popularidad pongan votos aunque las ideas no sean su fuerte.

Puede haber en un asistencialismo que profesionaliza la pobreza?

No en vano el 80% de las encuestadas por Humanas, ve como el principal avance para las mujeres, obtenido durante el Gobierno del presidente Uribe, la creación del Programa de Familias en Acción.  ¡Qué precaria percepción  frente a sí misma! Hace 10 años la mujer colombiana tenía una de las tasas de participación laboral más altas de Latinoamérica y hoy, estamos en los últimos lugares. Las colombianas vamos como el cangrejo, de pa’trás.

Este día, a diferencia de otros en períodos anteriores, han salido a relucir las malas cifras que demuestran cómo las colombianas estamos quedando rezagadas en muchos indicadores que antes liderábamos. Y la peor de todas es la de representación política en donde estamos muy lejos de competir con Argentina, Chile y Costa Rica que con más del 45% del Congreso ocupado por mujeres, acaba de elegir a Laura Chinchilla como Presidenta. Para cambiar de tercio y no repetir el tema de los valores patriarcales que se han reforzado en estos últimos años, hablemos de nosotras las mujeres.

Cuando se les pregunta a los partidos políticos ¿y dónde está la participación femenina en las listas? ellos responden: “es que no hay mujeres”, “no están interesadas en hacer política”. Uno de los argumentos expresados por los congresistas en contra de las cuotas de género en la conformación de listas de los partidos es que no cuentan con mujeres que quieran candidatizarse, y que por ello, es muy difícil poder cumplir con los porcentajes que se pretenden. Algunas cifras recientes parecerían confirmar esta afirmación: el 47% de las mujeres encuestadas recientemente,  han expresado que no les interesa la política. Pero, creo firmemente que esta “ausencia de mujeres” es más un mito que una realidad.

Una mirada cuidadosa a las campañas políticas permite identificar que las bases de los diferentes partidos están llenas de mujeres que trabajan como hormigas en la elección de candidatos hombres. Ellas están en los trabajos de base, en la logística, en la convocatoria y organización de eventos. Ellas están en las organizaciones comunitarias, en las mingas y jornadas de solidaridad y buena vecindad. Lo que sucede es que se quedan ahí o, mejor, las dejan ahí, porque cuando se trata de que esas mujeres sean las candidatas, no falta el hombre que se les atraviese y las pare aun cuando casi siempre tenga menos méritos.

Lo cierto es que los partidos políticos usan a las mujeres y la mayoría de ellas se dejan usar con la esperanza de que mostrando virtudes llegarán a la cúpula. Mentiras, no más engaños. La política en Colombia es más machista que la sociedad en su conjunto, y la razón es que los hombres no quieren ceder un milímetro del poder político que han ostentado por siglos. Por eso, ahora que el desprestigio de los políticos ha llegado a extremos, no es posible que las mujeres en vez de tomarse el poder dentro de estas agrupaciones, se presten para hacer política en cuerpo ajeno. Las figuras que van a reemplazar a los paras, narcos y otras especies, son su esposas, amigas, hijas y parientas. Inadmisible. Y para completar, los partidos están llevando actrices para que con su b
elleza y popularidad pongan votos aunque las ideas no sean su fuerte.

Es preocupante ver cómo para las elecciones al Senado, hay 809 candidatos inscritos de los cuales solo 143 son mujeres, la mayoría con poco presupuesto y casi sin ningún respaldo. Es decir, el Senado de la República estará conformado por un porcentaje femenino mucho menor al 17% que es el actual nivel de participantes en la contienda.  Este panorama es aún  más desolador para la Cámara de Representantes.

Mientras América Latina avanza a pasos agigantados en la discusión para llegar a la paridad entre hombres y mujeres en la política, en Colombia son infructuosas las iniciativas que buscan incluir una cuota mínima de participación política de la mujer en la conformación de las listas de los partidos políticos, y más aún, de hacer efectiva la cuota legal ya existente del 30% en los cargos directivos del Estado.

Ya somos más educadas que los hombres, trabajamos duro y vivimos más años. ¿Qué estamos esperando para llegar a manejar esta sociedad que necesita de nuestro compromiso con la gente, de nuestra transparencia, de nuestra eficiencia, de nuestra sensibilidad? Llegó la hora de tomarnos el poder y esta tarea empieza por llegar a la dirección de todos los partidos políticos, después del Congreso, de las Cortes, de las Gobernaciones, de las Alcaldías, etc. Solo así lograremos que una mujer asuma finalmente a la Presidencia de la República. Lo demás son cuentos.

 

Un abrazo y espero establezcamos un buen dialogo con estos temas.

 

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